Jon Rahm sabe qué torneo ganar

MADRID. Hay dos detalles que no ayudan nada en la promoción de Jon Rahm como figura señera del deporte español. Y eso que, probablemente, ahora mismo, sea el más importante de todos, puesto que ni Rafa Nadal, ni Carolina Marín, ni Pau Gasol, ni Fernando Alonso, ni nadie de ese largo etcétera de estrellas de los últimos quince-veinte años ocupa ya el número uno en la clasificación de su deporte. El primer obstáculo, por ridículo que parezca, es el nombre: «Jon Rahm» suena americano, por mucho que sea una mezcla de vasco con suizo. La gente oye hablar de un tal Jon Rahm que compite en Estados Unidos y, si no está muy puesta en el asunto, es normal que piense que es extranjero. Y golfistas extranjeros hay muchos.

El segundo obstáculo es precisamente que ha hecho su vida adulta en Estados Unidos, en concreto, en Arizona, donde estudió la carrera de Comunicación. Eso, necesariamente, le ha distanciado del público español e incluso del europeo, que, a diferencia de lo que pasó con Severiano Ballesteros, José María Olazabal o Sergio García, no le han «visto crecer», solo oían de sus hazañas en el campo amateur muy lejos de casa. Estoy convencido de que, igual que muchos piensan que «Jon» es «John», los que son conscientes de que el chico es vasco creen que sus padres no nacieron aquí, cuando tampoco es cierto: el apellido Rahm es suizo, pero la familia lleva viviendo en Bilbao desde mediados del siglo XIX.

Este chico del Athletic, que se hizo aficionado de niño disfrutando de los torneos en el campo de Valderrama, el mismo en el que compite como número uno del mundo este fin de semana, no termina de calar como gran estrella mediática del deporte patrio. Y, sinceramente, no se entiende. Aquí nos hemos hecho fans hasta del esquí de fondo cuando ha sido preciso y bien escaldados que salimos. Tener a alguien que no solo es el número uno en lo suyo sino que se ha exhibido en la Ryder Cup y que ha conseguido ser el primer español en ganar el US Open, merecería, en mi opinión, más entusiasmo popular.

Sin duda, su ausencia en los Juegos Olímpicos no ayudó. Esa era su gran oportunidad de tenernos a todos delante del televisor –los grandes torneos de golf, desde hace demasiados años, se emiten en plataformas de pago… y eso no ayuda– admirando su talento y animándole en pos de una medalla igual que los niños que una vez tuvimos diez años animábamos a Seve, a menudo casi de madrugada, cuando el Masters de Augusta de turno lo echaba TVE. Un positivo por Covid acabó con esa esperanza, pero Jon, como buen licenciado en Comunicación está estos días intentando recuperar el terreno perdido.

Lo que está haciendo Rahm durante estas dos semanas en España no tiene tanto que ver con el deporte como con la imagen. Después de disputar en Madrid el Open de España –donde empezó como un tiro y se fue desinflando a lo largo del fin de semana-, ha viajado ahora a Cádiz, continuando su mala racha con una primera ronda para olvidar. Es lo mismo. Si hubiera ganado los dos torneos mostrándose frío, distante, lejano al espectador y a la prensa, en su burbuja de número uno demasiado importante para mezclarse con nadie, esas dos victorias no habrían servido para nada.

Mucho más importante para él, para su imagen y para el cariño de los aficionados españoles -para el golf español, en definitiva-, el despliegue que está mostrando de amabilidad, de cortesía y de cercanía a todos los aficionados. Las horas que se pasa antes y después de cada ronda firmando autógrafos, pelotas, gorras y todo lo que le echan a las manos. Las anécdotas contadas con Rafa Nadal, las fotos con Pau Gasol. Él sabe, o intuye, que su sitio debería ser ese: Rahm es una figura global porque el golf es un deporte global que se disputa en todo el mundo y, lo más importante, se proyecta desde Estados Unidos, donde es casi religión.

Rahm sabe que no va a poder luchar contra futbolistas o leyendas del tipo Induráin, pero también sabe que no es lógico que su nombre esté condenado siempre a páginas interiores. Solo nos ha faltado verle en El Hormiguero y me da que es cuestión de tiempo. Los aficionados vascos sí saben perfectamente quién es Rahm y hasta qué punto siente la patria chica porque le han visto bufanda del Athletic en mano haciendo el saque de honor en San Mamés… pero para el resto del país es, hasta cierto punto, un desconocido y hay que hacer algo al respecto porque no tiene sentido.

Sobre todo, cuando, curiosamente, Rahm es de los tipos más carismáticos del circuito PGA. Un tipo muy humano, muy divertido, muy espontáneo. Con sus enfados puntuales, como todo gran competidor, pero que en general cae de maravilla a la gente… quizá porque en Estados Unidos pase lo mismo que en España pero al revés, es decir, que oigan «Jon Rahm, de la Universidad de Arizona» y, sin hacer mucha investigación, piense: «Ah, uno de los nuestros». Descubrir a Rahm en España será una sorpresa para muchos. Tiene años y años de golf por delante y el chico es una máquina. Buenísimo. En un momento de marea baja para nuestro deporte, es muy complicado encontrar a alguien tan bueno como él en lo suyo. Aprovechémoslo.